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Verificado por Psychology Today

Sexo

¿Por qué existe la pornografía?

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Fuente: Shutterstock

¿Por qué existe la pornografía?

Pregunta tonta, ¿verdad? El porno existe porque las personas disfrutan de verlo. Si a nadie le gustara verlo, nadie ganaría dinero produciéndolo.

Pero esta es una pregunta más interesante: ¿Por qué las personas les gusta ver a otros teniendo sexo? Después de todo, si tengo hambre, no me da ningún placer ver a alguien más cenando. ¿Por qué con el sexo es diferente?

Como terapeuta sexual y estudiante de la sexualidad humana, estoy convencido de que la respuesta tiene que ver con el hecho de que somos una especie altamente sexual.

Los gritos que algunas mujeres hacen cuando están muy excitadas son una característica regular del sexo en el porno. Este fenómeno, conocido por los científicos como “Vocalización Copulatoria Femenina” (VCF) resulta ser común en las especies de primates altamente sociales. A primera vista es un comportamiento extraño. Anunciarle a cualquiera que pueda escuchar que estás teniendo sexo podría no ser la mejor idea en un denso bosque con depredadores por todas partes.

Como Chris Ryan y Cacilda Jetha argumentan en Sexo al amanecer, es probable que el propósito original de la VCF es primates altamente sociales como nosotros es atraer a otros de la misma especie. Si escucharas sonidos sensuales en el árbol de al lado, probablemente querrías ir hacia allá y unirte a las festividades. Los testículos humanos están hechos para producir enormes cantidades de esperma, algo que solo sería necesario para una “carrera armamentista” intravaginal donde el esperma de un macho estuviera compitiendo contra el de todos los demás que se aparearon con esa pareja hembra.

Hace mucho, cuando no habían puertas en las recámaras, el sexo debe haber sido un evento algo público. Si veías o escuchabas a una pareja teniendo sexo, eso debe haber sido un incentivo para unirte.

Las parejas comprometidas actualmente tienen sexo por todo tipo de razones no reproductivas, incluyendo para hacerse sentir mejor, hacer las paces y reforzar su compromiso mutuo. Los apareamientos promiscuos en las etapas tempranas de la humanidad probablemente servían a todos esos propósitos con respecto al grupo, que, sin duda, se enfrentaba a los mismos desafíos al decidir cómo compartir los recursos, manejar los sentimientos heridos y llevarse bien entre todos. Es probable que el sexo promiscuo en las llanuras de África hace cien mil años o más ayudara a calmar las tensiones sociales y a impulsar la cooperación y el bienestar comunal.

Que el resultado fuera una orgía descarada o no, probablemente dependía de la cultura particular de la comunidad de cazadores-recolectores. Probablemente algunos alentaban este tipo de cosas y otros no. Pero algún grado de apareamiento promiscuo debe haber sido común.

Por supuesto, los humanos también poseemos poderosos instintos de formación de lazos de pareja, lo que nos vuelve celosos y nos motiva a buscar una relación sexualmente exclusiva con una sola persona. La tensión entre nuestras tendencias monógamas y las promiscuas sin duda provocaron muchos dramas durante los últimos millones de años de evolución humana.

Con el tiempo, la monogamia obtuvo la superioridad. El desarrollo del lenguaje hace alrededor de 40 mil años debe haber sido muy influyente en este aspecto ya que por primera vez en la historia humana fue posible hacer preguntas como: “¿quién era ese cazador-recolector con el que te vi anoche?”

La invención de la agricultura hace 10 mil años sin duda también fue un hito ya que provocó el surgimiento de la idea de propiedad: “mi tierra, mis herramientas, mi cosecha” y, eventualmente “mi pareja”. Entonces, las instituciones legales y religiosas cimentaron la monogamia con aún más firmeza.

Pero nunca perdimos por completo nuestras tendencias promiscuas. Y la prueba de esto es que todavía nos encanta ver a otros humanos teniendo sexo, así como sucedía hace cien mil años, está en nuestro ADN.

Nuestro interés en ver a otras personas teniendo sexo podría ser un vestigio de una etapa temprana en la historia humana. Pero en el siglo XXI, el porno se ha convertido en el pan de cada día para algunos. En 2017, hubo 28.5 mil millones de visitas a PornHub solamente, un número más o menos equivalente a cuatro veces la población humana total.

Actualmente, muchas personas parecen aceptar el hecho de que sus parejas entren a internet regularmente para ver a otras personas teniendo sexo. El grado en el que esto es un problema o no podría depender de la frecuencia con la que una pareja tiene sexo. Como escribo en mi libro, el sexo es muy parecido al perro de Pavlov: si terminas teniendo más sexo con tu computadora que con tu pareja, con el tiempo terminarás con más asociaciones placenteras hacia tu computadora. Con frecuencia, la mejor solución es asegurarte de que tienes más orgasmos en la cama con tu pareja que delante de una pantalla.

El hecho de que la mayoría de nosotros disfrutamos de ver a otras personas tener sexo es claramente parte de nuestra herencia evolutiva. Con algo de sabiduría, la mayoría de nosotros podemos manejar esto sin que abrume nuestro lazo erótico de pareja. Pero, para muchos, el impulso natural de ver a otros teniendo sexo puede crear una multitud de problemas. Y, en esos casos, puede ser muy valioso entender qué tan profundamente está arraigado ese impulso en la historia temprana de nuestra especie.

© Stephen Snyder MD 2018. sexualityresource.com

A version of this article originally appeared in English.