Skip to main content

Verificado por Psychology Today

Erin Leyba LCSW, Ph.D.

Los favoritos de Santa: 10 maneras en las que parece que los niños están actuando mal pero no es así

Muchos de los comportamientos “malvados” de los niños son parte de su desarrollo y son humanos.

Estas son 10 maneras en las que puede parecer que los niños están actuando mal pero realmente no. Cuando reconocemos los comportamientos desagradables de los niños como reacciones a condiciones ambientales, fases de desarrollo, o a nuestras propias acciones, nos permite responder de manera proactiva y con mucha más compasión.

1. No controlar sus impulsos.

¿Alguna vez le has dicho a tu hijo: “¡no tires eso!”, y de inmediato lo tira de cualquier forma? Las investigaciones sugieren que las áreas cerebrales involucradas con el autocontrol son inmaduras al momento de nacer y no maduran por completo sino hasta el final de la adolescencia, lo que explica por qué desarrollar el autocontrol es un “proceso largo y lento” (Tarullo, Obradovic, & Gunna, 2009, 31) Una encuesta reciente reveló que muchos padres asumen que sus hijos pueden hacer cosas a edades más tempranas de lo que los expertos han comprobado que deberían. Por ejemplo, 56 por ciento de los padres sintieron que los niños de menos de 3 años deberían ser capaces de resistirse a hacer algo prohibido, mientras que la mayoría de los niños no dominan la habilidad sino hasta los cuatro años de edad (De cero a tres, 2016). Recordarnos a nosotros mismos que los niños no siempre pueden manejar sus impulsos (porque sus cerebros no están completamente desarrollados) puede inspirar reacciones más gentiles hacia sus comportamientos.

2. Sobreestimulación.

Llevamos a nuestros hijos al supermercado, al parque y a la obra de su tía, todo en una sola mañana, e inevitablemente vemos quiebres, hiperactividad y resistencia. Los horarios atascados, la sobreestimulación y el agotamiento son sellos de la vida familiar moderna. La investigación sugiere que el 28 por ciento de los estadounidenses “siempre se sienten apresurados” y 45 por ciento reportan “no tener tiempo de sobra” (Robinson, 2013). Kim John Payne, autor de Crianza simple, argumenta que los niños experimentan una “reacción cumulativa al estrés” a partir de demasiado enriquecimiento, actividades, elecciones y juguetes. Asegur a que los niños necesitan mucho “tiempo de relajación” para balancear su “tiempo de actividad” (Payne, 2010). Cuando balanceamos el tiempo de tranquilidad, de juego y de descanso, el comportamiento de los niños suele mejorar dramáticamente.

3. Condiciones esenciales.

¿Alguna vez has sentido enojo por hambre o completamente impaciente debido a tu falta de sueño? Los niños pequeños se ven afectados diez veces más por esas “condiciones esenciales” como estar cansados, hambrientos, sedientos, con exceso de azúcar o enfermos. La capacidad de los niños de manejar sus emociones y comportamientos se reduce considerablemente cuando están cansados. Muchos padres también notan un cambio profundo en el comportamiento de los niños una hora antes de comer, si se despertaron en la noche o si se están enfermando. Los niños no siempre pueden comunicarse o buscarse un tentempié, un Tylenol, un vaso de agua o una siesta, como hacen los adultos.

4. Expresión de malos sentimientos.

Como adultos, nos han enseñado a domar y ocultar nuestras grandes emociones, con frecuencia distrayéndonos de ellas, ocultándolas o ignorándolas. Los niños aún no pueden hacer eso. La educadora de la infancia temprana, Janet Lansbury tiene una excelente frase para cuando los niños presentan sentimientos poderosos como gritar o llorar. Sugiere que los padres “Dejen a los sentimientos estar” al no reaccionar ni castigar a los niños cuando expresan emociones poderosas.

5. Necesidad de movimiento.

“Quédate quieto”, “Deja de perseguir a tu hermana alrededor de la mesa”, “Deja de pelear con ese cartón”, “Deja de brincar en el sillón”. Los niños tienen la necesidad de moverse mucho durante su crecimiento. Tienen una necesidad enorme de pasar tiempo en el exterior, montar bicicletas, jugar pesado, arrastrarse debajo de cosas, columpiarse, saltar de posiciones altas y correr alrededor de cosas. En lugar de decir que un niño es “malo” por actuar de manera energética, podría ser mejor organizar una visita al parque o ir a caminar por la cuadra.

6. Preprogramados para resistir y volverse independientes.

Cada día con altas temperaturas resultaba en una pelea en el hogar de una familia. Un niño de primaria insistía en que hacía suficiente calor como para usar pantalones cortos, mientras que la mamá decía que debía ponerse pantalones. Este modelo de Erik Erikson (1963) propone que los niños pequeños intentan hacer las cosas por su cuenta y que incluso antes de ir a la escuela toman la iniciativa y llevan a cabo sus propios planes. Aunque es molesto que un niño recoja tus tomates cuando aún están verdes, o que se corte su propio cabello o haga un fuerte con las sábanas recién lavadas, estarán haciendo exactamente lo que deben estar haciendo: intentar de llevar a cabo sus propios planes, separarse, tomar sus propias decisione sy convertirse en personas independientes.

7. Fortalezas esenciales que los accidentan.

Todos tenemos fortalezas esenciales que también pueden causarnos problemas. Tal vez somos increíblemente enfocados pero no somos buenos con las transiciones. Tal vez somos intuitivos y sensibles, pero adquirimos los humores negativos de otras personas como esponjas. Los niños son similares: tal vez sean muy enfocados en la escuela pero les cuesta trabajo aceptar cuando hacen algo mal (por ejemplo, gritan cuando cometen un error). Tal vez son cuidadosos y seguros pero se resisten a nuevas actividades (por ejemplo, se niegan a acudir a sus prácticas de baseball). Tal vez viven en el momento pero no son organizados (por ejemplo, dejar que su habitación se cubra de juguetes sin guardar).

Reconocer cuando los comportamientos no bienvenidos son en realidad la otra cara de sus fortalezas, como ocurre con nosotros, puede ayudarnos a reaccionar con más comprensión.

8. Necesidad imperiosa de jugar.

Tu hija se pinta la cara con yoghurt, quiere que la persigas y la atrapes cuando intentas lavar sus dientes o se pone los zapatos de papá en lugar de los propios cuando ya es tarde para salir. Algunos de los comportamientos aparentemente “malos” son lo que John Gottman llama invitaciones a jugar con ellos. Los niños aman ser bobos y cotorros. Se deleitan en la conexión que viene de compartir risas y aman los elementos de novedad, sorpresa y emoción. El juego usualmente requiere tiempo extra y por lo tanto irrumpe con las propias agendas y líneas del tiempo de los padres, lo que puede parecer como resistencia e incluso mal comportamiento, pero no lo es. Cuando los padres incluyen mucho tiempo de juegos durante el día, los niños no tienen que rogar por ello con tanta fuerza cuando es momento de salir.

9. Reacción al humor de los padres.

Muchos estudios de investigación sobre el contagio emocional han encontrado que requiere solo de milisegundos para que las emociones como entusiasmo, alegría, tristeza, miedo y enojo pasen de persona a persona, y esto suele ocurrir sin que las personas se den cuenta (Goleman, 1991, Hatfield et al., 2014). Los niños en especial notan los humores de sus padres. Si estamos estresados, distraídos, tristes o permanentemente frustrados, los niños emulan esos humores. Cuando estamos en paz y tranquilos, los niños imitan eso.

10. Respuesta a límites inconsistentes.

Un día mientras juegan le compras a tu hijo chocolates. Al siguiente le dices: “no porque no vas a comer” y tu hijo grita y llora. Una noche le lees a tu hijo cinco libros, pero al siguiente insistes en que solo tienes tiempo de leer uno y te ruegan por más. Una noche le preguntas a tu hijo qué quiere de cenar y a la siguiente le dices lo que van a comer y que no puede tener nada más, y protesta por la incongruencia. Cuando los padres son inconsistentes con los límites, naturalmente provoca la frustración de los niños y provoca que lloren, griten o se quejen. Como los adultos, los niños quieren (y necesitan) saber qué esperar. Cualquier esfuerzo hacia ser 100 por ciento consistente con los límites y rutinas mejorará seriamente el comportamiento de los niños.

Derechos de autor 2017 Erin Leyba, PhD

Partes de esta publicación provienen del libro Joy Fixes for Weary Parents (2017).

A version of this article originally appeared in Inglés.

publicidad