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Verificado por Psychology Today

Terapia

6 cosas incómodas que debemos decirle a nuestro terapeuta

Wonderlane/Flickr Creative Commons
Fuente: Wonderlane/Flickr Creative Commons

La gente tiene diferentes niveles de comunidad cuando se trata de hablar sobre las cosas difíciles con sus terapeutas, al igual que la gente varía considerablemente en sus relaciones del mundo real. Todos conocemos a esas personas que están felices de entrar a una conversación potencialmente difícil con gusto, regresarán esa sopa dos o tres veces si no está a la temperatura correcta. Al otro lado del espectro, hay quienes se comerían una sopa fría, incluso con un pelo en ella.

Para aquellos que tienen ansiedad alrededor de situaciones potencialmente incómodas y están experimentando algo difícil en sus terapias, la terapia en sí es el mejor lugar para trabajarlo. De hecho, no solamente es importante mencionar ciertos temas difíciles en el ambiente de terapia, sino que ese ambiente puede proveer el lugar ideal no solamente sobre ese tema sino de por qué resulta tan difícil hablarlo. Es muy importante recordar que obtenemos más de nuestras terapias cuando hablamos de lo que de verdad estamos pensando y sintiendo, incluso cuando o especialmente cuando involucra a la terapia en sí. Si no queremos decirlo, podemos llevarlo escrito en un pedazo de papel para que lo lea el terapeuta explicando el tema de la difícil conversación que hay que tener. Estos son seis temas comunes sobre los que puede ser difícil hablar, y por qué nos hacemos un favor al ponerlos sobre la mesa.

1. Hay un problema o comportamiento que no se ha revelado. Es muy común no decirle a nuestro terapeuta nuestros problemas más profundos y oscuros de inmediato. Y puede estar bien empezar la terapia hablando de un problema principal y tardar más en revelar algo más profundo hasta sentirnos más cómodos. Pero si esperamos demasiado entonces solo estamos perdiendo el tiempo y evitando trabajar en ello o entender qué tanto se relaciona con los problemas de los que sí estamos hablando. Tal vez estamos cómodos hablando de nuestros síntomas de depresión pero nunca le hemos dicho a nadie sobre el abuso sexual durante nuestra infancia y no nos sentimos capaces de mencionarlo incluso con nuestro terapeuta. O tal vez hemos omitido que tanto tomamos, con qué frecuencia tomamos analgésicos, problemas con comer demasiado o el hecho de que tenemos una furia intensa en el camino. Ya sea porque es vergonzoso o de miedo hablarlo, eventualmente tendremos que hacerlo para que el terapeuta pueda tener una imagen completa y pueda empezar a trabajar en la raíz de nuestros problemas, en lugar de atender los síntomas más superficiales detrás de los cuales podríamos estarnos escondiendo.

Por supuesto, es importante subrayar que hay ocasiones en las que el terapeuta estará en una posición de tener que reportar una situación para obtener ayuda. Esto casi siempre involucra peligro inminente a la salud y bienestar de nosotros o de otra persona en específico. Cualquier terapeuta debe especificar esto claramente durante el proceso de consentimiento informado antes de empezar la terapia. Si es necesario, podemos preguntar para obtener más claridad sobre los límites de la confidencialidad antes de entrar en detalles.

2. Dijeron algo angustiante. Tal vez fue un comentario casual que se sintió como si minimizara el problema en el que estábamos trabajando o la manera en la que interpretó algo que dijimos y sonó condescendiente o nada útil Idealmente, deberíamos mencionar nuestra reacción en el momento, esas discusiones honestas y abiertas sobre las interacciones interpersonal y respuestas emocionales puede convertirse en el punto central de la terapia. Pero si no decimos nada en el momento y sigue molestándonos, entonces tal vez sea incluso más importante mencionarlo después. Por un lado, nuestro terapeuta podrá entender mejor cómo y por qué cometieron un error y obtener una imagen más amplia de nuestra composición emocional que podría haberlos eludido antes. Por el otro, evitará que situaciones similares se meta en el camino del proceso terapéutico y puede ayudar a construir una relación todavía más íntima emocionalmente.

3. No sabemos si estamos progresando. Para muchas personas, especialmente si tienden a evitar conflictos, una de las conversaciones más difíciles es expresar dudas o insatisfacción sobre el proceso terapéutico o, más específicamente, el terapeuta en sí. Un gran porcentaje de la gente preferiría dejar de ver al terapeuta que tener esta conversación e intentar recalibrar lo que no esté funcionando. Y, por supuesto, esta es una reacción comprensible. Algunos terapeutas son simplemente mejores que otros e incluso cuando la capacidad no es un problema, la química podría serlo, hay ciertos estilos, orientaciones teóricas y personalidades que tienen más probabilidades de encajar con nosotros que otras. Pero otras veces, sentirse estancado puede ser parte del proceso terapéutico en sí, ya que hay cierta verdad en el hecho de que a veces debemos sentirnos peor antes de mejorar. Esto es virtualmente una garantía si estamos reabriendo viejas heridas o pasando mucho tiempo hablando de cosas que nos asustan o hacen enojar. Y huir de la terapia en ese punto crucial puede ser como dispararnos en el pie, hacer todo el trabajo sin quedarnos para la recompensa. Así que es mejor mencionarlo y ver a dónde nos lleva.

4. Hay dificultades con los pagos. El dinero y las finanzas suelen sentirse como una molesta peste interrumpiendo la terapia en el mejor de los casos o un factor estresante severo que amenaza nuestra capacidad de estar en terapia en el peor de los casos. A muchos terapeutas les desagrada tanto como a nosotros lidiar con los arreglos financieros, por eso eligieron ser terapeutas y no contadores. Pero muy seguido, un cliente está batallando con los pagos, y al no ser directo al respecto, el terapeuta no se entera. El cliente entonces se mete más y más en un agujero en el que podrían ser propensos a cortar la relación sin advertencia o a que se les reboten los pagos, ninguna de las dos los ayudará a sentirse mejor.

5. La sensación de no estar obteniendo nada. Tal vez intentamos explicar una relación, sentimiento, o hábito y en lugar de sentirnos entendidos y validados sentimos como que hicimos que nuestro terapeuta malinterpretara lo que estábamos diciendo. O tal vez no están familiarizados con ciertos aspectos de lo que estamos experimentando en el trabajo porque no tienen ni idea sobre esa industria o sentimos como que estamos minimizando algo que realmente nos molesta. Démosle la oportunidad de entendernos mejor hablándoles de cómo nos sentimos mal al respecto. A más entienda el terapeuta que está fallando en algo, más se pueden esforzar por realmente entender y trabajar con nosotros como lo merecemos.

6. Están haciendo algo desconcertante. Ningún terapeuta que conozco admitirá que es de los que toman llamadas durante las sesiones, llega tarde siempre, se adormece, mira el reloj obsesivamente o revela demasiado de sí mismo. Y he escuchado a clientes decir que han experimentado mucho de esto en sus relaciones con terapeutas. Por supuesto, es razonable que si experimentamos alguna de estas transgresiones queramos acabar con la terapia sin tener una discusión al respecto. Pero si todo lo demás está funcionando, no dejemos que se arruine por no mencionar el problema al terapeuta. Eso nos dará la oportunidad de ver si es solo un descuido singular que puede corregirse o si es parte de un patrón más problemático que significa que no son el terapeuta para nosotros. Si nunca lo mencionamos, nunca lo sabremos y nos arriesgamos a perder la inversión que ya hicimos.

Andrea Bonior, Ph.D., es una psicóloga clínica, oradora, comentarista y escritora.

A version of this article originally appeared in English.

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