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Verificado por Psychology Today

Desarrollo infantil

4 maneras en que el trauma infantil afecta a los adultos

Los niños dan sentido a los acontecimientos que presencian y las cosas que les suceden y crean un mapa interno de cómo es el mundo.

pecaphoto77/Shutterstock
Fuente: pecaphoto77/Shutterstock

Ya sea que haya presenciado o experimentado violencia cuando era niño o que hubiera descuidado emocional o físico por parte de los cuidadores, cuando uno crece en un entorno traumático es probable que rezagos de ese trauma nos sigan hasta la edad adulta.

Los niños dan sentido a los acontecimientos que presencian y las cosas que les suceden y crean un mapa interno de cómo es el mundo. Este significado les ayuda a sobrellevar su situación. Pero si los niños no crean un nuevo mapa interno a medida que crecen, su antigua forma de interpretar el mundo puede dañar su capacidad de funcionar como adultos.

Si bien hay muchas secuelas del trauma emocional infantil, aquí veremos específicamente cuatro maneras en que ese trauma nos afecta de adultos.

1. El falso yo

Como terapeuta de trauma emocional infantil, veo a muchos pacientes que cargan consigo las heridas emocionales de la infancia a la edad adulta. Una forma en que estas heridas se revelan es a través de la creación de un falso yo.

Como niños, queremos que nuestros padres nos amen y nos cuiden. Cuando nuestros padres no lo hacen, tratamos de convertirnos en el tipo de niño que creemos que amarán. Al reprimir sentimientos que podrían obstaculizar la satisfacción de nuestras necesidades, creamos un falso yo: la persona que presentamos al mundo.

Cuando reprimimos nuestras emociones, perdemos el contacto con lo que realmente somos, porque nuestros sentimientos son una parte integral de nosotros. Vivimos nuestras vidas con el temor de que si dejamos caer la máscara, ya no nos cuidarán, amarán ni aceptarán.

La mejor manera de descubrir su yo auténtico debajo del falso yo es mediante un terapeuta que se especialice en traumas emocionales infantiles y que pueda ayudarle a reconectarse con sus sentimientos y a expresar sus emociones de manera que se sienta sano y salvo.

2. Pensamientos de victimización

Lo que pensamos y creemos acerca de nosotros mismos impulsa nuestro diálogo interno. La forma en que hablamos con nosotros mismos puede darnos poder o quitárnoslo. El diálogo interno negativo nos despoja del poder y nos hace sentir que no tenemos control sobre nuestras vidas: somos como víctimas. Puede que hayamos sido víctimas cuando éramos niños, pero no tenemos que seguir siendo víctimas como adultos.

Incluso en circunstancias en las que pensamos que no tenemos elección, siempre la tenemos, incluso si es solo el poder de elegir cómo pensamos acerca de nuestra vida. Cuando somos niños tenemos poco o ningún control sobre nuestros entornos y nuestras vidas, pero ya no somos niños. Es probable que seamos más capaces de cambiar nuestra situación de lo que creemos.

En lugar de pensar en nosotros mismos como víctimas, podemos pensar en nosotros mismos como sobrevivientes. La próxima vez que llegue esa sensación de estar atrapados y sin elección, recordemos que somos más capaces y tenemos más control del que creemos.

3. Comportamiento pasivo-agresivo

Cuando los niños crecen en hogares donde solo hay expresiones insalubres de ira, crecen creyendo que la ira es inaceptable. Si alguien fue testigo de ira expresada de manera violenta, entonces como adulto podría pensar que la ira es una emoción violenta y por lo tanto debe ser reprimida. O, si esa persona creció en una familia que reprimía la ira y sus padres le enseñaron que la ira está en una lista de emociones que se supone que no debe sentir, la reprime, incluso como un adulto que podría beneficiarse de la ira.

¿Qué sucede si no podemos expresar nuestra ira? Alguien que reprime sentimientos negativos probablemente ya sabe la respuesta: Nada. El enojo sigue ahí. Después de todo, la ira es una emoción natural y saludable que todos experimentamos, pero en lugar de la resolución que conlleva el reconocimiento de la ira y la resolución del problema desencadenante, la persona sigue enojada. No expresa sus sentimientos de manera directa, pero como no puede realmente reprimir la ira, expresa sus sentimientos mediante un comportamiento pasivo-agresivo.

4. Pasividad

Si alguien fue descuidado de niño o abandonado por sus cuidadores, puede que haya reprimido su ira y su miedo con la esperanza de que esto significara que ya nadie lo abandonará ni descuidará. Sin embargo, lo que ocurre cuando los niños hacen esto es que terminan abandonándose a sí mismos. Cuando nos negamos a sentir nuestros sentimientos, nos estamos conteniendo. Terminamos como personas pasivas y no estamos a la altura de nuestro potencial. La persona pasiva se dice a sí misma: “Sé lo que tengo que hacer, pero no lo hago”.

Cuando reprimimos nuestros sentimientos, reprimimos lo que somos. Debido al trauma emocional de la infancia, es posible que hayamos aprendido a ocultar partes de nosotros mismos. En esa época, eso podría habernos ayudado. Pero como adultos, necesitamos que nuestros sentimientos nos digan quiénes somos y qué queremos, y que nos guíen para convertirnos en las personas que queremos ser.

Ver también: 9 pasos para sanar el trauma infantil en adultos

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A version of this article originally appeared in English.