Sabiduría
¿Por qué sufro? Examinando el autoengaño y la sabiduría
Comprendernos a nosotros mismos requiere apertura, atención y la valentía de cambiar.
6 de abril de 2025 Revisado por Kaja Perina
Los puntos clave
- El autoconocimiento no se trata solo de hechos, sino de cómo nos relacionamos con nosotros mismos y el mundo.
- El autoengaño es un fenómeno moral que revela una lucha interna entre saber y no saber.
- La sabiduría no es inteligencia; es la capacidad de atención, humildad y apertura a la incertidumbre.
- La verdadera libertad proviene de elegir hacia dónde dirigir nuestra atención y cómo relacionarnos con otros.
Cuando me pregunto “¿Por qué sufro?”, puedo equivocarme sobre las razones de mi sufrimiento. Puede que carezca del conocimiento necesario o haya desarrollado ingeniosas formas de engañarme. Sin embargo, no puedo dudar de la propia expresión; está ahí, expresada y viva.
El libro de Hugo Strandberg, Autoconocimiento y Autoengaño, ofrece un marco perspicaz para explorar estas preguntas, en particular la clásica pregunta “¿Quién soy?”. Esta pregunta invita a un autoexamen crítico, que es a la vez un examen moral. Para saber quién soy, debo tomarme a mí mismo como objeto de mi investigación, aun reconociendo que tanto el sujeto como el objeto de esta indagación cambiarán a lo largo de mi vida. Strandberg describe el autoconocimiento como un proceso dinámico y evolutivo, profundamente entrelazado con mis relaciones en y con el mundo.
Al examinar estas relaciones, puedo descubrir cosas que desconozco, quizás incluso cosas que he evitado saber activamente. Como dice Strandberg: “El autoconocimiento no es una sola cosa”. En cambio, es un proceso dinámico y evolutivo conectado a otras preguntas que surgen a lo largo de la vida. El autoconocimiento, argumenta, es también una cuestión moral; se trata de hacerse amigo de uno mismo. Basándose en Séneca, Strandberg sugiere que comprender quién soy es una danza continua entre el autoconocimiento y el autoengaño. Desde esta perspectiva, el autoengaño es un fenómeno moral: una mezcla de saber y no saber, pero siempre en un sentido moral.
Una de las ideas más convincentes de Strandberg es la correlación entre el autoengaño y el remordimiento. El remordimiento revela que el autoengaño no es un acto neutral, sino un fracaso moral. Cuando siento remordimiento, reconozco que debería haber visto las cosas de otra manera. El “debería” viene dado por la perspectiva del propio remordimiento. En este sentido, el remordimiento marca la distancia entre el autoconocimiento y el autoengaño. Según Strandberg, el amor puede reducir esta distancia, ofreciendo un camino esperanzador hacia el autoconocimiento.
Esta correlación entre el autoengaño y el remordimiento ofrece una poderosa manera de reflexionar sobre por qué es tan difícil responder a la pregunta “¿Quién soy?”. Una subpregunta crucial es si el yo es fijo, creado o cambia constantemente. La idea de que nos creamos a nosotros mismos es intrigante, pero problemática. Como observó Iris Murdoch: “El hombre es una criatura que se hace imágenes de sí mismo y luego llega a parecerse a ellas”.
Si construyo una autoimagen particular, puedo llegar a encarnarla, pero también podría engañarme. Las expectativas sociales podrían moldear mi autoimagen más que cualquier comprensión auténtica de mí mismo. Si me conformo con las expectativas de los demás en lugar de vivir según lo que sé que es cierto sobre mí mismo, no estoy participando en la autocreación, sino en el autoengaño.
Aquí es donde la atención se vuelve esencial. Strandberg sugiere que la respuesta a “¿Quién soy?” se encuentra, en última instancia, en cómo vivo. No es solo una pregunta, sino una orientación hacia la vida. Cuando no presto atención, caigo en el autoengaño; cuando cultivo una atención genuina, me dirijo hacia el autoconocimiento. La atención permite que el yo se disuelva en una realidad más amplia, convirtiéndome en quien realmente soy. En cambio, la distracción y el autoengaño fragmentan mi existencia y me impiden habitar plenamente el mundo.
Si el autoengaño es moralmente significativo, también lo es la sabiduría. La sabiduría no es lo mismo que la inteligencia ni está necesariamente correlacionada con ella. La investigación psicológica respalda esta distinción: las personas con un coeficiente intelectual alto suelen ser excepcionalmente hábiles para defender sus creencias, construyendo argumentos sofisticados que confirman, en lugar de cuestionar, su visión del mundo. La inteligencia puede aumentar la probabilidad de racionalizar los sesgos cognitivos en lugar de superarlos. En contraste, la sabiduría implica capacidades diferentes: autorreflexión crítica, regulación emocional, apertura a la incertidumbre y disposición a revisar las propias suposiciones a la luz de nuevas perspectivas.
En términos psicológicos, la sabiduría se correlaciona más estrechamente con la empatía, la humildad y la metacognición (la capacidad de reflexionar sobre el propio pensamiento) que con la capacidad intelectual pura. La inteligencia a menudo prioriza la resolución de problemas, la abstracción y la velocidad, mientras que la sabiduría valora la lentitud, la profundidad y la imaginación moral. Donde la inteligencia busca la certeza, la sabiduría abraza la ambigüedad.
Esta distinción tiene profundas raíces en la filosofía occidental. Los filósofos aman y desean la sabiduría, pero no la poseen. David Foster Wallace, en La broma infinita, articuló una versión sorprendentemente psicológica de esta idea: “Si conoces tus debilidades, no tienes ninguna”. Esta paradoja sugiere que el autoconocimiento (reconocer las propias limitaciones) es una forma de fortaleza. Además, la sabiduría no es simplemente la acumulación de conocimiento.
El conocimiento siempre trata sobre algo; es dirigido, estructurado y representativo. La sabiduría, en cambio, es más amplia y menos instrumental. No se limita a representar la realidad, sino que interactúa con ella directamente. Como dice Hugo Strandberg, la sabiduría “no es conocimiento, sino la forma en que se posee”. La sabiduría tiene este elemento del “cómo”, como en cómo vivir una vida que valga la pena vivir.
Por eso, la sabiduría se entiende mejor como una práctica que como un rasgo fijo. Requiere un cultivo continuo de la perspectiva, la profundidad emocional y la valentía existencial. No se trata de la rapidez con la que se puede razonar, sino de la profundidad con la que se puede escuchar, especialmente aquello que nos inquieta o nos desafía. La sabiduría permanece silenciosa, lenta y espaciosa en un mundo que premia la inteligencia, la velocidad y la certeza.
El famoso discurso de graduación de David Foster Wallace, “Esto es agua”, ofrece una reflexión existencial particularmente convincente sobre esta idea. Sostiene que la verdadera libertad, la que surge de la sabiduría, significa elegir cómo interpretar la experiencia, resistir la configuración predeterminada del egocentrismo y aprender a preocuparse por los demás en los momentos mundanos y cotidianos. La sabiduría, en sus términos, es atencional. Se trata de dónde colocamos nuestra conciencia y cómo nos relacionamos con el mundo. Se trata de elegir repetidamente ir más allá de la estrecha lente del ego y hacia algo más extenso y generoso.
Volviendo a la pregunta “¿Por qué sufro?”, para responderla adecuadamente, debo cultivar una apertura más profunda hacia los demás y hacia mí mismo, abordando la vida con amor y compasión. El sufrimiento, desde esta perspectiva, no es simplemente una carga privada, sino un reflejo de mi relación con el mundo. El amor de un filósofo por la sabiduría se manifiesta en su capacidad de permanecer abierto y curioso en sus interacciones con la vida.
En última instancia, la bondad me constituye de una manera que la maldad no lo hace. Como escribe Strandberg: “Cuando trato mal a alguien, esto no significa que me vuelva, o que una parte de mí se vuelva, completamente malvada, pues eso significaría que la maldad moral completa sería posible, es decir, que la maldad sería posible sin autoengaño”. Sugiere que la bondad es una forma de apertura: una apertura hacia los demás, el amor y la amistad. La maldad, en cambio, intenta determinarme a mí y a mis relaciones de una manera fija, cerrando la misma apertura que hace posible la sabiduría.
En última instancia, la sabiduría no consiste en poseer conocimiento, sino en conservarlo bien. Se trata de atención, amor y la valentía de verme como realmente me estoy convirtiendo. Y quizás, al cultivar la sabiduría, sufra menos; no porque el sufrimiento desaparezca, sino porque ya no me engaño sobre su significado. La sabiduría viene con una especie de calma.
A version of this article originally appeared in English.