Redes sociales
¿Por qué somos tan dependientes de las redes sociales?
Para comprender el poder de las redes sociales, comencemos con la exigente tarea de ser uno mismo.
27 de abril de 2026 Revisado por Margaret Foley
Los puntos clave
- Las redes sociales han vuelto a ser objeto de críticas, acusadas de haber sido diseñadas para ser “adictivas”.
- El uso que se les da también puede generar una profunda dependencia.
- Importan las tareas de autoconstrucción: explorar la identidad, encontrar una comunidad y generar visibilidad.
Dos veredictos recientes de jurados han arrojado una luz cruda sobre las redes sociales. Un jurado de Nuevo México declaró a Meta, propietaria de Instagram y Facebook, negligente por engañar a los usuarios sobre la seguridad de sus plataformas. Un día después, un jurado en Los Ángeles declaró a Meta y YouTube responsables de características de diseño “adictivas”, como el desplazamiento infinito y las recomendaciones algorítmicas, que atraparon a una joven usuaria, causándole graves daños a su salud mental.
Cubriendo el juicio en Los Ángeles, un reportero del New York Times anticipó el veredicto. Las críticas a las redes sociales han ido en aumento durante una década, señaló, y aunque 3 mil millones de personas usan Facebook e Instagram, eso no significa que “aprueben las redes sociales ni que les gusten”. Pero, con un tono que recordaba a alguien que habla de adicción, añadió: “simplemente no pueden imaginarse la vida sin ellas”.
¿Por qué no? ¿Por qué las redes sociales tienen tanta influencia sobre tantas personas? Más allá de las artimañas de Silicon Valley, un buen punto de partida es analizar para qué dicen necesitarlas. En una publicación anterior, reflexioné sobre nuestra menguante conexión social. Sostuve que el uso de las redes sociales era tanto un indicador del declive de la participación comunitaria y la creciente soledad como una respuesta a ello. Aquí quiero abordar otra necesidad social que existía mucho antes que las redes sociales. Podríamos llamar a esta tarea “autoformación”, el proceso/negocio/prueba (elijan el término que prefieran) de producir y mantener una identidad personal.
Contando nuestra historia
Desde al menos la década de 1960, la sociedad disciplinaria ha ido desapareciendo. Es decir, las instituciones estables que habían limitado a los individuos y establecido expectativas claras para ellos, ya sea a través de la familia, las comunidades establecidas o las tradiciones estrictamente reguladas, se han erosionado y han perdido gran parte de su influencia. Decisiones importantes de la vida, como las relativas a la carrera profesional, el matrimonio y los roles familiares, antes se “tomaban por inercia”, en palabras del psicólogo Barry Schwartz. Pero ahora, añade, tras los cambios de las últimas décadas, muy poco se hace así. Las preguntas sobre quiénes seremos, qué haremos y adónde iremos se han convertido en cuestiones de elección genuina (aunque, en la práctica, siempre limitada). Nuestro yo, como todos sabemos de primera mano, es ahora una especie de proyecto en el que, según nuestra propia perspectiva y recursos, debemos trabajar y desarrollar activamente.
La tarea de la autoformación es exigente. Debemos encontrar nuestro propio significado y propósito, decidir qué trabajo seguiremos, negociar nuestras relaciones, crear nuestras oportunidades, establecer nuestro estatus, etc. Este trabajo, el de convertirnos en nosotros mismos, requiere una interpretación social muy cuidadosa. Debemos aprender a autoevaluarnos, a recopilar información sobre nuestro desempeño y a construir una narrativa coherente sobre nosotros mismos en términos de las ideas y prácticas con las que nos identificamos e incorporamos. Dado que el futuro es cambiante e impredecible, también debemos estar preparados para el cambio continuo y la revisión de nuestra propia narrativa.
Si bien nuestro desarrollo personal se construye internamente, nuestro proyecto depende de las instituciones, los espacios sociales disponibles y otras personas. Gran parte de lo que necesitamos: conocimiento, retroalimentación y reconocimiento, no podemos generarlo por nosotros mismos. Es aquí donde, para muchos, el uso de las redes sociales ha adquirido una función crucial.
Funciones de las redes sociales
Según encuestas, entrevistas y otras investigaciones, podemos dividir los usos que las personas dan a las redes sociales para la autoformación en al menos tres categorías:
- Como espacio para aprender y explorar opciones de identidad. Las redes sociales brindan acceso a información y comunicación mucho más allá de los límites locales, ofreciéndonos una ventana a la vida de muchas más personas de las que jamás conoceríamos. Podemos ver cómo otros viven y construyen sus identidades personales, aprender sobre valores alternativos y experimentar (a través de este medio) fenómenos que tal vez nunca encontraríamos en nuestra vida diaria. Las redes sociales abren nuevas fronteras: nuevas formas de imaginar y facilitar la autoformación con opciones y modelos que van más allá de los disponibles fuera de línea.
- Como medio para interactuar con otras personas que comparten identidades, habilidades/discapacidades o intereses comunes. Las redes sociales ponen a disposición comunidades afines de personas que no son locales y que pueden ser fuente de consejos y retroalimentación, ofrecer apoyo emocional y ayuda para afrontar diversos problemas y circunstancias de la vida, y servir como público para la autoexpresión y la experimentación de la identidad. Es significativo que, como destacan algunos expertos en medios de comunicación, estos grupos ofrezcan una forma de distanciarse de las relaciones cotidianas. Las comunidades pueden validar experiencias personales que resultan extrañas o inexplicables, o que son criticadas por otros, considerándolas genuinas, normales o esperables. Además, pueden reconocer y valorar nuevas identidades como merecedoras de aprobación y respeto social, incluso cuando otros en el entorno no lo hacen.
- Como plataforma para mostrar y confirmar el éxito en la construcción de la identidad, las redes sociales crean un foro público para narrar y difundir la actividad y la personalidad creativa de cada uno. Publicar en sitios como Facebook genera una autobiografía emergente y cuidadosamente elaborada que puede consultarse, comentarse, recibir “me gusta” y compartirse. Las redes sociales “nos pueden dar”, dijo una estudiante que entrevisté, “el poder de reafirmarnos aún más y de resaltar nuestras habilidades”. Y añadió que, en una pantalla, “es mucho más fácil describirse a uno mismo como uno quiera”. Estas características de la plataforma pueden ser especialmente ventajosas para el desarrollo social. En contextos competitivos, tanto sociales como profesionales, las personas necesitan destacar con confianza. Resaltar las propias habilidades y singularidades les otorga visibilidad, sin la cual podrían pasar desapercibidas o no ser reconocidas.
Por supuesto, las redes sociales pueden tener, y de hecho tienen, muchas consecuencias negativas para la formación de la identidad. Los comentarios recientes se han centrado principalmente en los aspectos negativos, sobre todo para los jóvenes. Pero al considerar cómo las personas utilizan las redes sociales como infraestructura para su construcción de la identidad, también podemos ver cómo pueden llegar a depender en gran medida de ellas: si bien no son “adictas”, en el sentido que se argumenta en los casos de responsabilidad civil (como estar indefensas ante la influencia de la ingeniería de las plataformas), se resisten profundamente a abandonarlas o, en el caso de los jóvenes, a permitir la interferencia de sus padres. Quizás muchos “simplemente no pueden imaginarse la vida sin ellas”, porque su propia identidad está en juego.
A version of this article originally appeared in English.
